Ana Bonivente Pinayu, es una indigna wayuu de las tantas que buscando un mejor mercado para comercializar sus mochilas salió de Riohacha hace 4 años, su nombre tal vez no sea sonoro y usted al escucharlo no lo relacione con alguna reconocida diseñadora, su talento es innato, heredado de su madre.
La tejeduría es un oficio propio de esta etnia que desde La Alta Guajira conserva sus tradiciones celosamente. Con sus dedos teje rápidamente ilusiones, los colores significan la alegría pero son inventados, así como las formas, dijo Ana hablando muy francamente.
Esta mujer cuyo talento va en su sangre, y sin título profesional ha logrado desarrollar un arte que hoy representa su etnia ante el mundo, trabaja diariamente en sus diseños para conseguir el dinero diario para vivir.
Las formas abstractas llaman la atención de quienes circulan por el parque de las madres donde hay un grupo de comerciantes indígenas que ofrecen sus mochilas, muchas de esas son llevadas a Bogotá o a otras ciudades.
Son múltiples las formas geométricas o abstractas, los colores y los tamaños de las mochilas, pero también ofrecen otros suvenires, y como cualquier trabajador informal trabajar en la calle sobre la vía pública no es nada fácil.
Su timidez le impide expresar muchas palabras, el español que domina no es el más fluido, lo que si es cierto es que se desinhibe con sus dedos, tejiendo, poniendo en práctica su talento silvestre. En ocasiones da la impresión que no es consciente de las bellezas que fabrica con sus manos, toda vez que habla de sus mochilas solo como su trabajo y no como un arte cargado de tradición y una simbología que hoy ha traspasado fronteras y los identifica ante el mundo.