Seis flacos maderos, con muy poca estética y nada de precisión milimétrica, forman la gloria a la que llegan los niños de Chiriquí y El Edén que juegan fútbol en sus ratos de ocio.
Allí, en medio del bullicio por la entrega de 155 viviendas a beneficiarios de estos dos proyectos habitacionales ubicados al extremo sur de la ciudad, se observa la escena de los dos arcos casi invisibles, por la delgadez de los palos pero que son los testigos de las alegrías de los chiquillos que patean pelotas a cualquier hora del día.
Esta cancha improvisada por los mismos muchachos, cuyos arcos aparecieron de los árboles cortados en los alrededores, amarrados con pitas y anclados en horquetas convierten en realidad el sueño de los niños de correr detrás de una pelota hasta embocarla en la portería.
Ellos no tienen fanáticos, no tienen seguidores, pero sí un gran sueño, los mismos que un día tuvieron El Pibe Valderrama, Falcao García y James Rodríguez.
Lo más triste de esta escena, a la que le faltan los futbolistas en formación, es que la cancha está en un predio privado, por lo que no se podrá adecuar como escenario deportivo.
Pero eso no es argumento para que el Municipio de Valledupar no busque el espacio para entregar a toda esta chiquillada una cancha con todas las condiciones para practicar al fútbol, con arcos metálicos y una red donde se duerma la pelota cuando traspase la meta y estalle la alegría del gol.