Por Ubaldo Anaya Flórez
El automóvil se bamboleaba mientras bajábamos el camino de herradura que conecta la carrera cuarta con aquel caserón en medio de enormes guaduales. En la entrada, justo antes de dejar el pavimento, una flecha debajo de un aviso indica que allí es el lugar de nuestra cita.
“El portón está cerrado”, dice el copiloto. “Llamemos, Sergio”, le digo casi en tono de preocupación.
Del otro lado del portón un hombre con aspecto campesino, de botas pantaneras largas, aparece en la escena. Camina muy lentamente. Bajo el vidrio y le grito: “¡Nos están esperando!”.
Aquel hombre hace una seña con su mano en son de pregunta. Le grito nuevamente: “Carlos nos espera”. López interviene y me dice que no es Carlos quien nos espera. “Carlos está en Bogotá”.
Dicho esto toma su celular y le marca a alguien, mientras el tipo de aspecto campesino camina hacia la casona, sin abrir el portón blanco. “Primo, ya estamos aquí”, le dice Sergio a alguien del otro lado del teléfono. “Que entremos”, me dice.
A lo lejos se observa que el hombre de las pantaneras largas regresa con su caminar cansino, por un largo pasillo.
“Cuando quiera llegar ese tipo acá, con esa paciencia, ya el hombre se ha ido”, me dice Sergio en tono de preocupación. En silencio, en el puesto de atrás, la hija de Sergio escucha todo, sin musitar palabras.
“Ubaldo, ¿qué haces? Necesito que vayas a una reunión con Sergio porque yo no alcanzo. Es muy importante, pero es en este momento porque el hombre se va a ocupar”, me dijo la presidenta del Círculo de Periodistas de Valledupar, CPV, Mildreth Zapata, delegándome una cita que ya López había concretado.
“Sergio va en un taxi a tú oficina y de allí van donde el hombre que ya los está esperando”, insistió del otro lado del teléfono. “Cuente con eso, presidenta”, le dije.
Seguimos estacionados frente al portón, viendo unos inmensos árboles flacos cubiertos de hojas verdes.
La reja comienza a abrirse lentamente, halada por una cadena. “Nosotros preocupados por la paciencia del tipo y esta puerta tiene tecnología para abrirse”, le digo a mi copiloto. “Sí, debe haber un botón en el poste de la casa”, contesta.
El automóvil reinicia la marcha, lentamente, casi como el caminar del campesino de botas pantaneras.
Justo, cuando vamos llegando a donde él está, bajo el vidrio nuevamente, tras una seña suya.
“Lo estaciona ahí a la vuelta”, dice con acento antioqueño. “Es cachaco”, pienso en voz alta.
“El hombre está ahí”, dice Sergio refiriéndose a un gigantón de unos 140 kilos y talvez 1.90 mts de estatura. “Cuando el hombre está, él no se les despega”, explica Sergio sobre la presencia de aquel ‘guarula’ que es como la mano derecha de la persona a quien visitaremos.
Detrás de una cerca de madera, que le queda casi a la cintura, aquel gigantón pregunta: “Es usted Sergio López”. “Sí”, contesta. “Él es Ubaldo Anaya, viene conmigo”, le dice presentándome.
“Hermano, que pena con usted, mi jefe le manda a decir que en estos momentos está en una actividad privada y ustedes no pueden pasar”.
Nos miramos las caras con sorpresa.
Y agrega enseguida: “Que por favor lo esperen unos minutos mientras termina”.
“Esperemos”, le digo a Sergio. “Sí, esperemos, ya estamos acá”, responde. Su hija se aparta un poco de su lado.
Al fondo se escucha una canción con sabor vallenato y mezclas urbanas.
“Hola Sergio, qué más”, saluda un hombre que está recostado a uno de los palos del pasillo. “Espera un momento, ya el hombre se va a desocupar”.
“¡Qué vaina!, me salí del programa porque me dijeron que nos atendería enseguida y mira, quién sabe cuánto demoraremos aquí”, se queja Sergio.
“Yo dejé a Yohomar para que hiciera los titulares”, le contesté, agregándole que también me había salido volando del noticiero.
“Ven para acá, hija”, dice Sergio y su niña se corre hasta donde estamos esperando. La música sigue sonando.
Tal vez ya han pasado diez minutos. “Qué siga”, dice otra persona. Y seguimos avanzando por aquel pasillo fresco en medio de la casona. Dos niños juegan en el césped correteando una pelota.
“Qué pena hacerlos esperar”, dice el hombre, disculpándose por la demora, mientras le da un fuerte abrazo a Sergio en medio de saludos y comentarios.
“Él es Ubaldo Anaya Flórez, de RPT Noticias”, me presenta López. “Qué más, mi hermano, cómo va todo, mucho gusto”, le digo. “Bien, muy bien”, contesta.
“Y cómo están los pelaos”, le pregunto como para meter conversación mientras Sergio le está presentando a su hija.
“¿Cuáles?”, pregunta. “Tengo tantos. Los que están aquí; los de la casa; los que están por ahí por las calles”, contesta mientras se ríe. “También los de la Fundación”, le encimo otros muchachos más. “Los de la Fundación están muy bien”, responde, siempre con una sonrisa.
“Hoy estuve viendo las notas de RPT Noticias, porque mi papá me dijo que ahí estaba el video de un amigo que asesinaron y pude ver otras notas también”, me dijo. Sus manos no se quedan quietas.
“Tú papá no se pierde el noticiero. Cada vez que nos encontramos me dice que siempre está en sintonía”, le dije.
“Pasemos, muchachos. Sentémonos por acá”, invita a pasar mientras van saliendo varias personas. La música con mezcla de sonidos internacionales ya no suena.
Dos sillas plásticas blancas están sobre el alar de la casa. El hombre afanosamente busca una tercera. Luego una cuarta. Al lado de la silla se observan galletas crocantes, gaseosas, platos desechables, papitas fritas. Nos sentamos: Sergio, su hija, nuestro anfitrión y yo. Hubo tiempo para hablar de varias cosas. Personales y profesionales.
“Oye, los pelaos se fueron y no me despedí de ellos”, dice. Y agrega: “No quisieron comer conmigo. Bueno, que vayan y descansen”.
“Regálame agua, le dice al hombre gigantón que luce un bolso y una camiseta larga azulosa”. En cuestión de segundos aparece un vaso repleto de agua con hielos flotando.
“Qué van a tomar”, nos pregunta. “Agua. Agua”, contestamos casi en coros, Sergio y yo. El hombre de 1.90 mts pasa dos botellitas con sellos verdes. Es agua con gas.
“Ayer me pasé diez horas aquí, sólo mirando, porque no pudimos hacer nada”, dice nuestro anfitrión, refiriéndose a una enorme consola de sonido que sus hombres apenas estaban conociendo.
“Esta es una de las más modernas”; dice. “En tarima suena todo como si fuera el disco. El sonido tiene calidad de estudio”, explica mientras yo me devoro la botellita de agua casi de un sorbo.
Nos contó de sus planes; de aquella canción que sonaba mientras esperábamos; de sus nuevos proyectos, de su nueva vida.
“Hermano, estamos aquí en nombre del CPV, pero voy a dejar a Ubaldo, que tiene toda la película completa para que te cuente que es lo que queremos. Ya Mildreth Zapata habló con Carlos”, dice Sergio al comenzar aquella reunión informal.
Una camiseta blanca con las mangas cortas sobre los hombros, que la hacen ver como una camisilla, porta el hombre que escucha mi presentación. La tela lleva estampada un logo rojo con una S coronada.
Me escucha atentamente y aprueba. Le explico detalladamente en que consiste nuestra propuesta y asegura que no hay problemas; que hay que conseguir un espacio para concretarla.
“Ya eso lo hablas con Carlos, Sergio”, dice. Mientras, el hielo se derrite en su vaso ya sin agua.
Realmente no se cuanto tiempo pasó durante la reunión. Mientras hablamos, un fotógrafo pasa por allí dejando registro de ese momento.
La reunión ya ha terminado. “Gracias por tu tiempo. En nombre del CPV, muchas gracias”, le digo mientras me levantaba de la silla blanca. Sergio y él se paran de sus sillas y, el gigantón que ha estado muy cerca de nosotros, también se mueve, como los escoltas gigantes de los boxeadores de las peleas que Don King organizaba en Las Vegas.
No había tenido la oportunidad de hablar con esta persona que lleva 15 años en la escena pública. Odiado por algunos, pero adorado por muchos. Me sorprendieron: su sencillez y su personalidad.
Ya de pie, Sergio le dice que la hija está ahí porque se enteró de la reunión y ella le pidió que la llevara para tomarse una foto que para ella vale oro.
López, el hombre de Caliente y Picante en las tardes de Radio Guatapurí, dijo la forma en que su hija se había invitado: “Papá, yo quiero ir a esa reunión. Yo quiero tener una foto con Silvestre Dangond”
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