Dom. May 17th, 2026

    Por Álex Acuña Reales

    Fotos: @alex86010

    Dicen que cuando se nace lo único que se tiene seguro en la vida es la muerte. Y esto parece que lo tienen bien claro los habitantes del corregimiento de Atánquez, ubicado en la Sierra Nervada, sector Norte del Municipio de Valledupar.

    A ciencia cierta no se sabe cuántos años tiene esta población de entre 3 mil y 4 mil habitantes. Como tampoco se conoce con exactitud en que época sus moradores comenzaron con la tradición de tener en las vigas de sus casas ataúdes, para cuando la parca aparezca, no los coja desprevenidos.

    Ana Elena Cáceres

    Esta matrona de la etnia Kankuama tuvo durante muchos años colgado en una de las vigas de la casa de su hija Gabriela Martínez Cáceres, su urna mortuoria.

    Nena, como se le decía popularmente a esta madre de varios hijos, tomó la determinación de mandar a fabricar su sarcófago y colgarlo en una de las tirantas de la casa de su hija Gabrielita, o Ita, como le dicen en Atánquez a la hija con la que siempre vivió.

    Lo que no sabía Ana Dolores o Nena, era que Dios tenía planes para que ella viviera por muchos años y ese cajón que ella mandó a fabricar para ella cambió de difunto en difunto por 16 veces.

    Sí. Así como lo leen. Porque además de prevenidos, los atanqueros son solidarios. Si algún conocido tiene una pérdida y no tienen caja fúnebre, quien la tiene la presta con el acuerdo tácito de que quien la prestó, devuelve una mejor.

    Nena, además de prestar su andas por 16 veces, también prestaba su mortaja, ésta sí, en menos ocasiones, señala su nieta Juana Pacheco.

    Quien nos señaló además que llegó un momento en que dejaron de prestar el féretro porque el último era ya el de máxima calidad y ya en Atánquez sabían que no podían devolver uno de mejor atributo.

    Las Rodríguez

    La historia de las Rodríguez es bien diferente en cuanto a la de Nena y Gabrielita. Éstas, al igual que las anteriores, también tienen una caja mortuoria en una viga de su casa, pero a ellas en vez de mejorárselas, ocurrió todo lo contrario.

    Nos contó una hija de la matrona que ese cajón lo compraron para un hermano de su madre, el cual tiene una discapacidad.

    “La mamá de ellos dejó para su hijo un terreno; nosotros decidimos venderlo y con la plata que dieron, entre otras cosas, le mandamos a fabricar una caja mortuoria. La hemos prestado en unas diez ocasiones, pero en vez de devolvernos una mejor ahora tenemos un cajón de esos que entrega la Alcaldía, siendo que el inicial nuestro, lo mandamos a fabricar con un carpintero de acá de Atánquez, pero que vive en Valledupar”, dijo esta sobrina de quien es el propietario del ataúd.

    A manera de anécdota, contó que en cierta ocasión  que prestaron el catafalco, se los devolvieron forrado y a ellos les quedó la inquietud porque no lo veían de buen aspecto, así estuviera recubierto.

    Pasados los días se decidieron inspeccionar el cajón y se llevaron la sorpresa que eran unas cuantas tablas claveteadas y por dentro forrado con unos periódicos ensangrentados.

    Debo confesar que me dio pena preguntar si lo ensangrentado era porque estaba forrado con periódicos de esos que ahora circulan llenos de muerte o porque tenían sangre impregnada.

    Con la ayuda de unos vecinos cargaron el féretro y, cual entierro, fueron hasta donde la persona que hizo la devolución, lo increparon por su mala voluntad y lo conminaron a entregar una urna igual o mejor que la prestada.

    Ana Dolores Cáceres, cuando murió contaba con 105 años. El catafalco en que la sepultaron duró 5 años colgado, porque cuando cumplió los cien, de tanto prestarlo ya era el mejor.

    Chano, que es el personaje al que le mandaron a fabricar la caja mortuoria y la han desmejorado, tiene en la actualidad 89 años; goza de buena salud y su familia dice que si van a buscar el ataúd prestado no tienen ningún inconveniente en facilitarlo nuevamente, así les hallan fallado en el pasado.

    Les pregunté a ambas familias si no sentían temor por tener el cajón ahí. Señalaron ambas que ya estaban acostumbradas a esa presencia y que, además, ese “aparato” les recordaba lo efímera que puede ser la vida.

    La tradición persiste. En menos grado que antes, pero persiste. Pese a los planes fúnebres que ahora venden y a que la alcaldía regala féretros, Ita tiene su caja colgada. Me contaron que en estos días llegó otro ataúd desde Valledupar para ser izado.

    Si alguna vez va a Atánquez y ve un ataúd colgado, no piense que llegó a Transilvania, la tierra natal del Conde Drácula. No. llegó a una tierra donde la prevención le gana al temor.