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Opinión: Valledupar: entre turistas, acordeones y versos

Por Ubaldo Anaya Flórez

Es casi imposible movilizarse en vehículo por el centro de la ciudad. El tráfico se hace lento. Las placas son de todas partes. Es Festival y Valledupar vive al máximo la fiesta festivalera más grande dela región.

La pelea no es sólo con el tráfico. También con el sol, que eleva la temperatura a casi 40 grados. Es viernes. Y como dicen los memes de las Redes Sociales: “el cuerpo lo sabe”.

Mientras camino por la zona céntrica de esta ciudad que alberga por estos días a, por lo menos, 800 mil personas, veo rostros colorados, sudados, cuerpos sudados, pero felices, disfrutando de la ciudad que se llena de vallenato, cada final de abril.

Me confundo entre el mundo de colores conformado por sobrillas, carpas, camisas, vestidos, sombreros y, hasta, las vallas publicitarias de los patrocinadores de esta fiesta que cumple medio siglo.

Camino a la plaza Alfonso López, desde la zona bancaria, en pleno centro de Valledupar, la música comienza a subir de tono. Suenan los acordeones en los equipos de sonido y las voces vallenatas se filtran por todas partes. Poncho, Diomedes, Martín Elías, Farid, Villazón, Oñate, Churo, Peter, por sólo mencionar unos pocos.

A una cuadra del templo del vallenato, la plaza Alfonso López, vallas de la Policía impiden el paso de los vehículos y el piso se llena de sombreros, mochilas, artículos de bisutería, en fin, la fiesta de los vendedores provenientes de diversas regiones, atraídos por la magia del vallenato.

Prácticamente debo apartar personas para poder caminar. Todos van felices. Unos entran. Otros, salen. Pero todos, disfrutando de las notas del acordeón, que ya se escucha directamente desde los equipos que amplifican el sonido de la tarima en donde los acordeoneros profesionales se baten en una fiera batalla por la cuarta corona Rey de Reyes.

Son 21, divididos en tres grupos de siete participantes, quienes, tras varios días de ensayos, tocan sus mejores notas.

Ya estoy en la plaza. La panorámica es espectacular. No hay espacio para caminar, pero la gente disfruta. Unos toman cervezas. Otros, whisky. Los niños comen dulces, toman refrescos, corren.

Aquí, en la plaza, también hay un mundo de colores, enmarcado por árboles de mango y, en el medio, una enorme carpa blanca que protege a los asistentes del sol canicular.

En la tarima, los acordeoneros van pasando y tocando sus notas. Abajo, los simpatizantes aplauden. Los periodistas informan. Los celulares no se apagan y toman interminables fotos que ruedan por el mundo.

Por todos lados huele a festival. Los acordeones suenan y se multiplican. Mientras en tarima está el concursante de turno, abajo, los otros ensayan. Esperan. Tocan. Hablan. Y sus fanáticos portan camisetas y pancartas con sus nombres. En todas ellas dice Rey de Reyes.

Hoy, viernes 28 de abril, la plaza está hermosa, pintada de cientos de colores y llena de rostros felices que tienen un común denominador: el vallenato. Por eso están aquí, aguantando 40 grados de temperatura en una ciudad que no ha visto la lluvia de abril, esa que cae durante las piloneras.

Valledupar está de fiesta. Una fiesta de 50 años que se celebra entre turistas, versos y acordeones.

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