Lun. May 4th, 2026
    Un Sábado Santo en la Permanente

    Un Sábado Santo en la Permanente. La escena fue muy rápida. Tres o cuatro segundos. Tal vez cinco. O seis. Suficientes para entender que a esa altura ya el destino me había tendido una trampa y que solo era un tema entre el muchacho del revólver y yo. Nadie más.

    El día había sido tranquilo. Estuve con mi mamá, mi esposa y mi hija. Almorzamos y llevamos a la niña a jugar. Nadie tendría motivos para sospechar que todo iba a acabar mal. Estaba la ciudad con una llamativa calma y un silencio propio de Jueves Santo.

    Volvimos a casa, pero recordé un compromiso. No tardé mucho. Dos horas después, regresaba para ir cerrando el día. Nada más equivocado de la realidad. Apenas la jornada estaba por comenzar.

    Justo a las 7 y 30 de la noche estacioné el vehículo. Hice una llamada pero al otro lado de la línea no contestaron. Con el desparpajo de a quien nunca le han robado nada y los nulos atracos en el sector, aguardé dentro del automóvil, enfrente de mi casa, mientras esperaba por mi esposa.

    En un segundo todo cambió. Dos jóvenes en una motocicleta estaban dispuestos a hacerme conocer el miedo más cerril con tal de llevarse un par de monedas.

    El reloj marcaba las 7 y 34 de la noche cuando sentí que alguien había impactado el retrovisor izquierdo del automóvil. Giro hacia ese lado y descubro cómo el parrillero intenta afanosamente descender de la moto.

    Por imprudencia o intimidación, mientras se pone de frente, me deja ver el revólver. Ahí, por primera vez en la noche, supe a qué sabe la muerte.

    Se me cruzaron varias ideas. El motor del vehículo estaba encendido. Pensé en arrollarlos, pero ya tenía al delincuente apuntándome por el panorámico. También pensé en tocar el pito, pero hubiera sido un suicidio. Entonces decidí no pensar y someterme.

    Ya alguna idea vaga tenía sobre este tipo de situaciones. En menos de un año, mis compañeros de trabajo Clara Santana, Mary Mosquera y José Luis Castillo, habían sido víctimas de atracos. También tenía presente el caso del Club Bololó, cuando despojaron, en noviembre del año pasado, de celulares y otros objetos de valor, a varios periodistas.

    Mientras el delincuente me ordenaba bajar el vidrio de la puerta del conductor, recordaba los casos de mis colegas, cuya gran conclusión fue entregar las pertenencias y tratar de explicarle al victimario cada paso que damos para evitar irritarlo.

    Eso hice. Tan pronto bajé el vidrio, levanté las manos en señal de indefensión. El delincuente habló poco y nada. Por lo primero que preguntó fue por mi billetera. Traté de mirarle el rostro, sin embargo acercó el revólver a mi estómago, entonces comprendí que no lo podía volver a hacer.

    Le dije que la billetera la tenía en los bolsillos traseros del pantalón. Acto seguido le pedí permiso para bajar los brazos y levantarme de la silla. Dijo sí con el revólver.

    Luego me pidió el celular. De igual manera le dije que lo tenía en el bolsillo delantero del pantalón. Esta vez se mosqueó. Decidió sacarlo él.

    Ya con el objetivo logrado, me pidió, por último, apagar el carro, aunque nuevamente lo hizo él.

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    Si la llegada es una burla del destino, la despedida es lo más cercano a estar muerto en vida. Antes de irse, me apuntó fijamente, tal vez para hacer más dura la pena o tal vez para tirar del gatillo si entendía que le representaba algún peligro en su marcha.

    Lo concreto es que solo el “vámonos ya” del delincuente que lo esperaba en la motocicleta, dio por cerrado el robo.

    La Semana Santa incluyó pasar parte del Sábado Santo en la Permanente, para denunciar lo ocurrido.

    Allí conviven toda clase de fantasmas e historias que sacuden el alma. Hacia las 10: 30 de la mañana, por ejemplo, una mujer de 40 años y de una alegre balaca roja, llegó a la Permanente a poner su denuncia. El robo del cual fue víctima, ocurrió el Lunes Santo, pero no deja de ser impactante.

    Cuatro tipos en dos motos –relata- llegaron hasta su casa materna en el barrio Los Fundadores e irrumpieron con la tranquilidad. Poco importó la presencia de un bebé de nueve meses ni mucho menos la de una niña de 11 años. Se llevaron cuatro celulares.

    Mientras la mujer comparte su historia, una joven de algunos 20 años y de ojos tiernos, se suma a la conversación. La dice que por lo menos su episodio fue rápido, a ella, en cambio, le tocó soportar toda clase de malas palabras y morbosidades.

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    Tanto la mujer de la balaca como la joven de los ojos tiernos no tienen fresco el retrato de su victimario.

    Tampoco yo recuerdo algún aspecto del delincuente: ni el tono de la voz ni el color de piel ni su estatura. Solo le doy gracias a Dios por permitirme estar al lado de mi hija, aunque me pregunto si para ello no se pudo haber ahorrado esos tres o cuatro segundos…

    Un Sábado Santo en la Permanente

    Foto: Peru21 – Perú21