Editorial de radio Guatapurí: !Basta ya!

Duele profundamente la muerte del médico Alberto Aroca Saad. Duele porque era un gran ser humano con una altísima sensibilidad social y con un alto estándar ético en el ejercicio de su profesión como ya poco suele verse.

Duele también por la horrenda forma en que se cegaron su vida: totalmente inerme ante las balas asesinas de sicarios motorizados que aprovecharon su estado de indefensión para asesinarlo a sangre fría en plena vía pública.

¡No hay derecho! ¡Rabia, impotencia y dolor es el grito unísono de una sociedad que se siente atemorizada por vivir en la zozobra, en la incertidumbre y sin una adecuada reacción por parte de las autoridades!

Precisamente la principal molestia de los vallenatos es con sus autoridades civiles y de policía que no han sido eficaces ni eficientes en mejorar los índices de inseguridad. En entrevista radial concedida a este medio hoy en la mañana el alcalde Augusto Ramírez Uhía calificó el homicidio del médico Aroca como un hecho aislado. ¡Por favor, alcalde!

Son varios y sistemáticos los casos de sicariato que han ocurrido en la ciudad. Sólo en este año han ocurrido cuatro casos que recordamos en orden cronológico: el 25 de febrero fue víctima de un atentado en una funeraria de esta ciudad el abogado Álvaro Morón Cuello, quien, por fortuna, sobrevivió. Seis días después, el 3 de mayo de este año asesinaron a la salida del gimnasio de Comfacesar a la joven Ilina María Guerra Solera. Posteriormente, el 11 de julio fue herido en un atentado sicarial el ganadero Celso Castro Gnecco. Y hoy, un mes y diez días después, asesinan a Tico Aroca.

¡No hay peor ciego que el que no quiere ver! Por supuesto, no estamos insinuando que los cuatro casos referidos tengan relación entre sí y obedezcan a los mismos móviles y autores. Pero sí resulta absolutamente claro los cuatro casos son el reflejo de que en Valledupar operan –desde hace tiempo– organizaciones criminales con la capacidad, infraestructura y logística necesaria para planear, financiar y ejecutar este tipo de hechos delictivos.

No se trata, entonces, como sugiere el alcalde de casos aislados y menores de delincuencia común. Estamos enfrentados al crimen organizado. Pero, además, con la incertidumbre de que, hasta el momento, es un enemigo invisible porque las autoridades han fallado en identificar a los jefes de estas organizaciones, sus organigramas y sus lugartenientes. ¿Se trata de un solo grupo criminal con un único jefe o de varios grupos cada uno con su jefe? ¿Cómo financian sus actividades? ¿Hay oficinas de cobro en Valledupar? ¿Por qué después de cometidos los hechos los criminales huyen tan fácilmente? ¿Está fallando las labores de inteligencia de las autoridades?

Son preguntas que, por el momento, no tienen respuesta pero que es deber de las autoridades municipales y departamentales responder con prontitud.

Valledupar no resiste un caso de sicariato más. La prematura e injusta partida de Tico Aroca debe unirnos a todos en un solo propósito: exigir a las autoridades que actúen contundentemente contra el crimen. ¡Ni un atentado ni un muerto más debe ser la consigna!

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