Por Arnol Murillo Rincón
45 minutos del segundo tiempo. El Banfield de Falcioni enfrenta a Lanús por una victoria que lo catapulte al título. James Rodríguez, con apenas 18 años, tira una pared y a la salida del arquero pica el balón, convirtiendo, acaso, el segundo o tercer gol más lindo de su carrera, sacando de competencia la pintura del Mundial.
Ese James jugaba tirado a la izquierda. Ya se había convertido en el extranjero más joven en debutar en Argentina y desde entonces el primer jugador de otras latitudes en anotar un gol a tan precoz edad en ese país.
Rodríguez era el caudillo de la banda. Era el socio ideal de Walter Erviti, exquisito volante zurdo que jugaba libre para entonces. Además, era el puente más directo con el uruguayo Santiago Silva, un irreverente delantero que cada gol lo celebraba como quien recibe una descarga eléctrica.
Su posición la mantuvo en el Porto multicampeón de Falcao y luego Claudio Ranieri lo adelantó un poco en el Mónaco.
Así llegó al Mundial de Brasil y ahí jugó. Era el jugador libre, delante de los extremos Cuadrado e Ibarbo; de los dos volantes de contención Sánchez y Aguilar; y detrás de Teo, el remplazo de Falcao.
James, era, ante todo, James. Presionaba para que el rival no saliera limpio y era el primero en preparar la contra cuando Colombia robaba el balón.
En Brasil, hizo goles de extremo como el de Japón, hizo uno de 9 como el segundo contra Uruguay e hizo otro de 10 como esa volea que le ubicó en un ángulo al uruguayo Muslera.
Jugaba de todo y en todas las posiciones. Pékerman le permitía caer a una banda o a la otra. No pasar la línea de la pelota o presionar al 5 rival. Permitir mutar posiciones con Teo y hasta con cualquiera de los extremos.
Pero con su llegada al Madrid todo empezó a cambiar. Ancelotti, al no poder variar la famosa BBC, lo ubicó de interior por izquierda, es decir un poco más cerrado que en Banfield y un poco más retrasado que en Colombia.
Era el único hueco que había y él lo aceptó. Con irreverencia saltaba espacios y llegaba libre a posición de remate; además hacia sombra en la marca y hasta recuperaba balones.
Pero Ancelotti se fue y aparecieron los problemas. Benítez no comulgó con el crack colombiano y en su lugar ubicó a Casemiro, un volante más de corte. El 10 empezó entonces una guerra contra el DT español bajo la anuencia de su amigo Ronaldo.
Al final el DT se fue y llegó Zidane. Tampoco hubo mejoría. James ya no jugaba ni de extremo ni de interior ni de nada.
El partido contra Argentina lo jugó tirado a la banda, pero el experimento no funcionó. Sus años en Banfield no sirvieron para hacerle recordar su retroceso y el precio fue caro, pues Messi se hizo una fiesta.
Esta semana en el Madrid fue suplente del suplente. Con varias lesiones en la plantilla y con la necesidad del triunfo, Zidane utilizó sus tres modificaciones, pero nunca sacó al 10 a la cancha.
Hoy no se sabe si James es suplente de Isco, Bale, Kovačić, Kroos o cualquier otro jugador del Madrid. Ha perdido el puesto y la posición. Tampoco en la selección encuentra su lugar, por lo menos en los últimos partidos.
Contra Uruguay perdió un balón y se quedó estático. Contra Argentina regañó hasta cansarse a Balanta. Es como si los años le hubieran dado jerarquía, pero le hubieran quitado despliegue. Criticar a un ídolo no es fácil, pero es evidente que James no la pasa bien. Ojalá y recupere su mejor nivel para que le siga sacando brillo a su zurda con goles como los de Banfield.