Por Ubaldo Anaya Flórez
La muerte te llegó, así, de repente, mientras viajabas lleno de esperanzas, de sueños, de proyectos, de ganas de morir de viejo. Me dicen que te gustaba la velocidad y que para ti 160 era como ir a 40 kms por hora. Aún no lo creo. Eso es lo que dice la gente en lo que ahora domina el mundo: las redes sociales.
Yo estaba metido en una hamaca en un pueblo guajiro. Allí amanecí el Viernes Santos, mientras tú, a cientos de kilómetros de distancia cantabas tus canciones exitosas a un público que coreaba contigo. Días después, vi tu video saliendo del concierto, ya con los primeros rayos del sol sobre tu cabeza, mientras saludabas, sonreías, abrazabas y posabas para las fotos.
Unos grandulones que iban contigo apartaban a la gente para llevarte a la camioneta. La misma que kilómetros más arriba se encontraría con la muerte que se llevó tu cuerpo. Tu alma. Tu vida. Y nos dejó una gran tristeza en nuestros corazones.
Recuerdo uno de tus primeros afiches, tal vez en 2004, Reynaldo Reyes decía que serías un gran artista. Yo no le creí mucho. Grita mucho, le dije y él sólo atinó a contestar: “hay que apoyar a ese muchacho”
La vida te cambió mucho, en muy poco tiempo. Lograste llevar la bandera de la familia Díaz Maestre bien alto. Y el legado de tu papá, por todos los rincones de Colombia.
Cómo olvidar esa mañana de Viernes Santos. “Es el Diablo que hace esas cosas, por desobediente”, dijo una anciana católica que estaba a mi lado. Es Dios que se lleva a sus hijos cuando realmente los necesita, pensé.
Mientras escribía las noticias de tu accidente, imaginaba todo el dolor que eso causaba en tu gente, en tu familia, en tus pequeños hijos. Dayana pedía oraciones para ti y todos los muchachos accidentados.
Las fotos comenzaron a circular y te mostraban en mal estado. La camioneta inservible. La carretera cuarteada, porque la plata se queda en otros bolsillos y no alcanza para las reparaciones.
El morbo subía a cada momento. Todos hablaban de ti. “Tiene muerte cerebral”, escribió alguien que no quiero recordar en uno de los grupos de WhatsApp. Otros pedían oraciones. Mientras tú te debatías entre la vida y la muerte. Quizás Dios ya había tomado tu alma, desde el momento del accidente, sólo dejaba que actuara la ciencia.
Mis nervios cada vez más de punta por tantas informaciones procedentes de Sincelejo. En Barrancas el servicio de Internet no está tan avanzado y la señal se pierde con frecuencia. De todos lados llegaban voces de personas relatando lo que había pasado. Que la camioneta dio vueltas y tumbó una rama que estaba a 6 metros de altura. Que tu ibas a 220 kms por hora en una carretera en donde a duras penas puede correr un burro. Que no llevabas puesto el cinturón y por eso saliste disparado contra el pavimento. Que te dejaron caer de la camilla en el viejo hospital de San Onofre, un pueblo tan olvidado como la carretera misma.
A quién creerle, cuando tienes que confrontar las fuentes y publicar sólo hechos reales. Los colegas apostados en San Onofre y Sincelejo no me entregaban muchos detalles por estar metidos en su ‘corre corre’. Era entendible. Pero había que informar de la mejor manera. Y ahí fuimos contando el desarrollo de tu noticia.
No hablaban de tus canciones, no hablaban de tu vida musical, no hablaban de tus historias. Esas noticias hablaban de tu pelea con la muerte, de tus paros cardiorrespiratorios y de la cirugía en la que estabas.
Gente sin alma, sin escrúpulos, sin ética médica, hizo fotos y video de tu cabeza rajada, de los puntos que te cosían, de tus laceraciones, para alimentar el morbo en las redes sociales.
Mientras estabas metido en esos aparatos, conectado a los cables, entubado, otra mano, casi criminal, toma otra foto y la pone a circular. “Era para informar”, dijeron en su momento. Era para alimentar el morbo, digo yo.
Mientras el chivo del almuerzo se paseaba por la mesa, la noticia llegó para apagarlo todo. Tu vida se apagó y muchas lágrimas rodaron en ese momento.
Allí comenzó una nueva y larga tristeza para el mundo vallenato. Un dolor extendido por todas las venas que llevan tu música. Tú música. Esa que suena con más fuerza, con más dolor, con más rabia.
Llegan los recuerdos. Van volviendo las historias. Van llegando los mensajes.
Estoy seguro que no me conociste. Tal vez no viste el noticiero, como muchas veces lo hacía tu padre y me lo reconoció semanas antes de su muerte. No creo que me recuerdes en aquella rueda de prensa cuando se acabó tu matrimonio con Juancho. Te pregunté que por qué habías aguantado tanto ese matrimonio cuando era insostenible. Y con la humildad de siempre dijiste que uno siempre guarda la esperanza de que la situación mejore.
Me duele tu muerte. Tenías un gran futuro. La Dinastía Díaz estaba en buenas manos. En las mejores manos.
¡Dios te tenga en su Santo Reino!