Por: Alfonso Romo Tangarife
A la mayoría de los jefes de entidades públicas (en todos los niveles, nacional y local) encargados de ejecutar recursos públicos, asumiendo una actitud terca, les sigue importando un bledo la obligación e importancia de respetar y aplicar en debida forma los principios y normas que rigen la función administrativa, especialmente en la contratación, y pareciera que no hay nada que los haga entender. Las noticias diarias muestran la situación; llegamos al record que no hay un día en que los medios no nos informen sobre casos de corrupción relacionada de cualquier forma con la contratación pública.
Es tan preocupante la situación que de acuerdo con el informe 2015-2016, publicado por la ONG Transparencia por Colombia este año, la gran mayoría de las entidades del Estado, a nivel nacional, departamental y local, fueron clasificadas en riesgo de corrupción ‘alto’ y ‘muy alto’. (transparenciacolombia.org.co).
La recurrente violación de los principios y normas que rigen la función administrativa obedece en gran parte a la equivocada mentalidad con la que asumen sus cargos los jefes de entidades públicas, que nunca se ponen el chip de servidores públicos sino que se dejan puesto el chip de politiqueros y se les olvida por completo que fueron elegidos para estar al servicio de la comunidad, para invertir de la mejor manera los recursos aportados por esta para sus obras y que su gestión está regida por principios y normas que deben de cumplir. Y me refiero a politiqueros y no a políticos, porque tengo la firme y clara convicción de que a estas alturas en nuestro país ya nos quedan muy pocos dirigentes que pueden ostentar la calidad de un verdadero político.
El chip de politiqueros lo único que permite es desarrollar una pésima gestión, que, aunque se quiera tapar, siempre arroja como resultados actitudes prepotentes ante la crítica, mentiras, la falta de planeación, la improvisación, vivir el día a día calentando sillas, ejecutar contratación con fallas de fondo que terminan en obras de mala calidad, con sobrecostos e inconclusas (elefantes blancos), precisamente porque lo que se antepone no es el interés general.
La terquedad de los politiqueros no tiene límites, hasta el punto que a varios, en fechas muy recientes ya les han tocado la puerta de su despacho o de su casa encontrándose con un detective vestido de negro de pies a cabeza que les informa que llega a hacer efectiva una orden de captura, procediendo a ponerles un “par de niqueladas” en sus manos y llevándolos a el aeropuerto donde los espera el inicio de un placentero vuelo con todos los gastos pagos hacia un lugar exclusivo de la capital conocido como “el bunker”; pero aun así, muchos todavía con ínfulas de intocables persisten en sus conductas no muy exaltables.
Creo que los jefes de entidades públicas que insisten en sus conductas politiqueras y gestiones mediocres tienen tres dedos de frente para entender que es hora de cambiar de mentalidad; que deben respetar a la colectividad y dejar de pensar que la gente a la que gobiernan son de otro planeta y más bien entender que están frente a personas que día a día están más ilustradas y pendiente de lo público a través de los mecanismos que la constitución y la ley les otorga y de otros medios de control social como las redes sociales, que se han convertido en una importante herramienta de comunicación y opinión a nivel mundial, pero para desgracia de los dirigentes, se han convertido en un arma letal.
Los tres dedos de frente deben dar también para entender o por lo menos notar que los entes de control como la Procuraduría y la Fiscalía, aunque también han sido tocados por la politiquería, vienen haciendo esfuerzos importantes para luchar contra la corrupción, aun al interior de sus mismas estructuras, dando transcendentales resultados como la captura de altos funcionarios como el Director Nacional Anticorrupción de la Fiscalía y de otros funcionarios de la rama judicial como jueces y magistrados, contando además a los congresistas, gobernadores y alcaldes capturados antes. Esto deja un mensaje claro y es que hoy, no hay intocables; y que los millones que tengan en sus bolsillos, no es garantía de que puedan seguirse paseando en el poder manejando los recursos públicos a su antojo.
Reflexión: Dejar la terquedad, ponerse el chip de servidores públicos y dejar de creerse intocables por la justicia. Los investigadores no avisan cuando están investigando; no vaya a ser que mañana les toquen la puerta de su despacho o de su casa para invitarlos a el aeropuerto y no precisamente a tomar café.