Le robaron seis veces y ahora le quemaron la ferretería. “Ubaldo, me quemaron la ferretería, ahora si me toca irme de Valledupar”, fue lo primero que dijo, a través del teléfono, Edgar Duarte Durán, a las 2:13 a.m. del domingo 1 de octubre, cuando llamó a contarme de la tragedia que estaba presenciando.
Durante 53 segundos, me relató que su ferretería la habían incendiado y estaba seguro que era intencional. “Me quemaron la ferretería”, me repitió varias veces, como tratando de desahogar su impotencia y dolor. Le dije que en la mañana pasaría por el lugar a tomar su declaración y a mirar los daños.
Eran las 8:10 a.m. cuando llegué a la Ferretería La 44, en la avenida 44, frente al colegio Milciades Cantillo Costa. “Edgar, llegó el señor Ubaldo”, gritó una señora que estaba sentada, junto a otras personas, entre ellas, varios muchachos, en la esquina, frente a la ferretería. “Es por aquí, señor Ubaldo”, me dijo la mujer.
Edgar Duarte Durán, propietario de la Ferretería La 44 de Valledupar, denuncia que quemaron su negocio y pide apoyo de las autoridades pic.twitter.com/xlQl4dKMPg
— RPT Noticias (@RPTNoticias) 1 de octubre de 2017
El panorama no podía ser más triste: con su cabellera larga, una cachucha en su cabeza y tiznado por muchas partes en su vestimenta, Edgar salió del fondo de su establecimiento comercial con un dolor en su alma, una tristeza en sus ojos y la impotencia de ver todo vuelto ceniza. En este caso, más que cenizas, plástico recién derretido, hierros retorcidos y paredes ennegrecidas por el humo.
Las llamas consumieron toda la bodega de la Ferretería La 44. Un tanque de 55 galones con contenido químico estuvo a punto de explotar. “Si ese tanque hubiese explotado no habría quedado la cuadra en pie”, me contó el comerciante mientras me mostraba la destrucción de sus sueños y esperanzas causada por las llamas. “Eso fue provocado, mire aquí donde están las botellas plásticas con la gasolina”, dijo mientras me mostraba dos recipientes de refrescos tirados en la entrada de la bodega, en donde un agua lechosa mojaba todo el piso. Era agua mezclada con cal, tras la labor de los bomberos.
En la medida en que Edgar Duarte me contaba su tragedia, sus manos se movían temblorosas; sus ojos, también, como buscando una explicación y se mojaban peleando con las lágrimas para impedir que bajaran por las mejillas. “¿Qué voy a hacer ahora, señor Ubaldo?”, se preguntaba el ferretero. Y se contestaba: “Será irme porque aquí no me quieren dejar trabajar. Me han robado en seis oportunidades; estoy debiendo 240 millones de esos robos, la casa y ahora esto. Aquí pierdo más de 70 millones”.
“Quienes me hicieron esto, son los mismos que me han robado en seis oportunidades”, me decía. Yo lo miraba, impotente, también, mientras veía que su rostro se contraía con ganas de explotar en llanto. Me dijo que un muchacho que trabaja con él, que cuida en las noches el negocio, tuvo que romper el candado con una cizalla para poder salir. “Si no lo hace, también se quema aquí adentro”.
Seguimos dentro de la bodega, soportando el fuerte olor a humo, mientras me va señalando lo que se quemó: “eso era tubería pvc; esto, pegalisto (un pegante de baldosas); aquellos eran tomas eléctricas; aquí estaban los alambres eléctricos; acá, los accesorios de las tuberías. Todo se quemó”. Es triste ver relatar una tragedia. Es triste ver que el sueño de un hombre quedó reducido a nada.
Salimos de la bodega y abre la puerta principal de la ferretería. “Acá no se quemó, pero todo esto está dañado. Todo eso está negro y así no sirve para venderse”, describe lo que ve en los estantes.
Salimos al andén, mientras los clientes van llegando. “Hoy no abre, Don Edgar”, le pregunta una mujer. “Me quemaron el negocio”, contesta, mientras aguanta las ganas de llorar. Sus ojos se mojan otra vez, pero contiene las lágrimas. Se repite la pregunta. Esta vez, un hombre mayor llega preguntando a qué hora abre la ferretería. Le contesta lo mismo. Me duele ver a ese hombre, cubriendo su cabeza con una cachucha y con las manos atadas al dolor y la desesperanza.
“Hay que ir a la URI”, le digo. Le sugiero que es necesario instaurar la denuncia. “Eso no sirve de nada. Las veces que me han robado he puesto el denuncio y nada ha pasado”, me dijo en tono de resignación.
Ya son casi las nueve de la mañana. Ahora hablo por teléfono con el comandante de la Sijin de la Policía para ver si un investigador puede pasar a la ferretería. Decido que sea el propio Edgar quien le cuente a la autoridad, al otro lado de la línea, lo que pasó para que el oficial tenga más detalles. “Me dicen que no pueden venir. Que debo ir a la Fiscalía a poner la denuncia y después hacen la investigación”, me dijo al cerrar la llamada.
El hombre se siente solo. Desamparado. Derrotado. La llamada a la Sijin lo dejó más triste. Le digo que es necesario que vaya a la Fiscalía a poner la denuncia para dejar constancia del hecho.
“No sirve de nada”, dice secamente. Mira a su negocio una y otra vez. Se frota las manos. Sus ojos no se cansan de moverse. Tal vez, busca una explicación.
Un poco antes de las dos de la madrugada del domingo 1 de octubre, una llamada le cambiaría la vida a Edgar Duarte Durán. La voz en el teléfono le dijo que su ferretería ardía en llamas. El mundo se le vino encima. El Cuerpo de Bomberos llegó al lugar a sofocar el fuego, pero el dolor de Duarte apenas comenzaba. Él está convencido que fue un acto criminal. Que fue un incendio provocado y por eso pide a las autoridades que investiguen.
“¿Qué va a hacer ahora, Edgard?”, fue una de las preguntas. Su respuesta con voz entrecortada fue inmediata: “Irme de Valledupar”.
Desde hace seis años funciona la Ferretería La 44. En el último año, fue víctima de seis robos que le dejaron pérdidas por 240 millones de pesos. Las llamas de la madrugada del domingo quemaron más de 70 millones de pesos en mercancías y arrugaron el alma de este hombre que se ha hecho a pulso en Valledupar.
A Edgar lo conozco desde 2013 cuando se unió a una campaña de Corazones Solidarios de RPT Noticias para construir una habitación a un menor de edad que quedó cuadripléjico. Él aportó materiales de construcción, tubería pvc y cables eléctricos para ese propósito solidario. Desde entonces, hablo con él con alguna frecuencia y guardo un inmenso agradecimiento por su apoyo.
Es necesario que no dejemos solo a este hombre. Que le tendamos la mano en estos momentos y que las autoridades hagan su trabajo y encuentren a los responsables de este acto que Edgard Duarte considera criminal.
Son las 9:10 a.m. El sol de la mañana aún no se asoma. Se esconde detrás de las nubes negras cargadas de agua que por estos días pasean por Valledupar. Es tiempo de la despedida y de comenzar a escribir.
Mientras me alejo por la 44, buscando el Obelisco, por el retrovisor alcanzo a divisar a Edgar con las manos en la cabeza. Lo más seguro es que, por fin, dejó rodar el manantial de lágrimas que aguantó durante el tiempo que me estuvo contando de su dolor y preguntando por su futuro.
Las plumillas que limpian el vidrio se mueven de un lado a otro, secando las gotas de agua que comenzaron a caer, mientras el vehículo avanza y se aleja de la Ferretería La 44, esa misma a la que Edgard durante seis años le entregó toda su vida y hoy queda reducida a una mezcla inexplicable de materiales ferreteros consumidos por las llamas criminales.
Edgar cree saber de dónde vino el fuego, pero no me lo dijo.