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La segunda muerte del Concejo de Pueblo Bello

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Por ARNOL MURILLO RINCÓN

La segunda muerte del Concejo de Pueblo Bello. Se reponía el Concejo de Pueblo Bello del dolor que causó su primera muerte, cuando decidió volver a flagelar su imagen. Fue un jueves cualquiera, frío y de una noche lenta, casi que detenida en el tiempo, en una población sin otra atracción aparente a estas sesiones que desde hace un tiempo tienen al municipio de boca en boca.

La sesión había tomado un ribete como de aquellos anuncios boxísticos entre dos pugilistas curtidos. Y aunque la idea original no era otra distinta a generar expectativa en la población para que nadie se perdiera el debate, al final casi /casi, los concejales, terminan agarrados a trompadas.

En juego estaba nada más y nada menos que la nueva elección de la mesa directiva del Concejo de Pueblo Bello, y con ello, dejar en carrera el panorama para los comicios del próximo año, en el que muchos políticos, con la credencial de concejal, disparan desde sus trincheras, para luego esconderse como ciudadanos comunes, según venga la mano.

Ya muchos de ellos habían matado por primera vez la reputación de la entidad. Fue a principios del pasado mes de octubre cuando, en el marco de la penúltima sesión extraordinaria del Concejo de Pueblo Bello, terminaron revoleando golpes a diestra y siniestra, por la aprobación o no de un empréstito de seis mil millones de pesos, presentado por el alcalde Juan Francisco Villazón.

Esa herida siempre quedó abierta. Jamás se cerró. Lo saben todos, los 11 concejales del municipio, el ciudadano más indiferente e incluso, un hombre con acento citadino que quedó pasadas las 10 de la noche de aquel jueves frío vendiendo pollo asado, como quien intuye que hará su agosto con una sesión que se extenderá por horas.

Por eso el debate, el penúltimo de la vigencia, se presentaba con dos salidas: o invitaba a los concejales a mostrar un comportamiento de altura, digno del cargo que ostentan, o terminaban por volar por los aires del municipio que se erige al pie de la Sierra Nevada de Santa Marta, la poca reputación que les quedaba.

Y terminó ocurriendo lo que todos imaginaban que iba a ocurrir. Ninguno de los asistentes al debate podía esconder la sensación que algo pasaría. Se les veía en los ojos. Se respiraba en el ambiente. Era innegable: Afuera, se notaba camaradería, menguada por una noche helada. Adentro, la barra transpiraba, susurraba y con el correr de los minutos, se sentía con mayor fuerza ese extraño pálpito que el primero en decir cualquier cosa, o incluso, en no decir nada, quemaría el concejo en su totalidad.

Entonces, empezó a andar la sesión, con polémicas como era de esperarse. La presidencia del legislativo, Keren Cujia Tafur, obtuvo la primera victoria. Eliminó de la terna cualquier hoja de vida de la oposición. Pero mayoría es mayoría en cualquier parte del mundo y la bancada de gobierno eligió la opción que no quería la máxima figura de la entidad.

Para el segundo punto, la presidencia del Concejo ya había diseñado escoger de manera invertida a su sucesor. Entonces, se decidió elegir primero al segundo vicepresidente. No le resultó. Recibió otro recto al mentón y perdió.

Luego se repuso y se quedó con la primera vicepresidencia que al iniciar la sesión se declaró en oposición.

Sin embargo, honestamente, poco y nada le interesaba a la barra quién era quién en este juego.

Aquí solo importaba saber el nombre del nuevo presidente. Y para tal fin, ya el destino se reía de todos.

Un grupo, encabezado por Cujia Tafur, presentó el nombre del edil Omar Alberto Mestre Pérez del Maíz. El otro, la bancada de gobierno, propuso al conservador José Suescún Balbuena.

Empezó la votación a presidente. Justo cuando iban 5-3 a favor de Mestre, y cuando faltaban tres votos, la presidenta detuvo al secretario del Concejo, Ever Araújo Cifuentes.

Entonces se sintió un silencio infernal. Pasaron dos o tres minutos. Tal vez cuatro. Todos se miraban. No se sabía con precisión qué pasaba. La presidenta del Concejo hizo un movimiento extraño: quitó al secretario de la entidad el documento con el que hacía la votación nominal.

Pasaron otros tres minutos, quizás. Miró a la barra y suspendió la votación. La jugada dejó sin votos a los concejales Álvaro Villazón, de Opción Ciudadana; y a Elir Rangel y Rosarito Torres, ambos del Partido de la U.

Acto seguido, volvió a mirar a los asistentes y ungió a Mestre como nuevo presidente del Concejo.

Se levantó y dio por cerrada la sesión en medio del enfrentamiento, ya no solo con sus opositores, también con decenas de ciudadanos.

La intervención inmediata del Ejército y Policía Nacional desactivó cualquier tipo de agresión.

Sin embargo, tanto unos como otros querían sangre. Ya para entonces, el deseo de venganza estaba sentenciado. Sobre todo entre concejales que no tenían el pudor en matar por segunda vez la imagen de la corporación.

Encima, el calendario, como mejor amigo del mal, había citado para el día siguiente a las 6 de la mañana la sesión para cerrar el año.

No tardó en amanecer, tampoco, político alguno cerró los ojos. Era como si el día trajera su propio afán. Tanto, que hacía el mismo frío de la noche anterior.

Uno a uno fueron llegando los concejales, pero la presidenta pecó por impuntual. Pecado capital cuando hay un frente abierto. La vicepresidenta tomó el trono y abrió nuevamente la elección del presidente de la corporación.

Todo era ofensas. De repente, voló una trompada con dirección al secretario del Concejo de Pueblo Bello. De repente, un concejal le hizo una sentencia de muerte a otro edil. Ya no había nada que hacer. El odio los había consumido.

Al final, fue elegido 6-5 el concejal conservador Suescún Balbuena. A esta altura, y después de lo visto, apenas un dato anecdótico, mientras se adelanta el segundo funeral del Concejo de Pueblo Bello….

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